28 abril 2014

Marruecos... hasta las puertas de la nada

Recomendable no, lo siguiente. He vuelto a disfrutar de un país espectacular, lleno de contrastes: Calor, roca, oasis, nieve...


Esta imagen está tomada desde un collado que conduce al sur, camino del desierto, uno de los objetivos del viaje. Apreciamos la áspera roca, el valle-oasis rodeado de viviendas y al fondo el Atlas nevado.
Pero si he disfrutado ha sido sobre todo por mis hijos. Para ellos ha sido una especie de choque en todos los sentidos: Gastronómico, climático, humano... Un brusco encontronazo cultural fascinante que no sé por dónde empezar a explicar. El resultado, el tiempo lo dirá, sus mentecillas lo valorarán.


Marrakech, Fez, Ouarzazate, M'Hamid, Tinehir, Todra, Agdz y Asilah, entre otros lugares, todos llenos de encantadores de serpientes que te quieren hipnotizar con sus mercaderías. Y en este último, además de maravillarnos con sus construcciones blanquiazules y sus pequeños zocos nos encontramos a uno de nuestros héroes televisivos, el Gran Wyoming, que pululaba por sus callejuelas con el imposible afán de pasar inadvertido. Mis nanos no pudieron evitar retratarse a su lado. Él tope simpático, políticamente correcto, aguantando el tirón. El precio de la fama.
Y sé que Miquel ha estado por aquí estos días, encontrarlo hubiera sido la guinda... Te quiero Miquel.


La primera vez que estuve en Marruecos fue en 1989. Me impactó tanto como -creo- que ha impactado ahora a mis hijos. Están construyendo a saco principalmente en el norte, la costa y alrededor de las grandes ciudades. De todas formas la cocacola y el agua mineral aún viajan en burro, sobre todo en la distribución por las estrechas calles de Fez. Estos bichos tienen un importante peso en la economía de este país. Los hay por todas partes, ellos llegan donde otros medios de transporte no pueden.


País de aromas. De poner en marcha las fosas nasales para captar la sobredosis de información que ofrecen esos colores del azafrán, el pachuli, la canela, el gengibre, el sándalo, la henna, los perfumes de argán, el comino y yo qué sé cuántas especias. Cientos de pequeños y sabrosos materiales que después te torturan la lengua de placer...


... Como así fue en este baretico de Fez, bastante alejado de las rutas convencionales, donde nos pusimos tibios a pescaito frito, ensalada, alubias y lentejas. La foto ha salido pelín (más que pelín) turbia, pero se aprecia al camarero-cocinero-gerente del local al fondo, sosteniendo la cabeza de mi chica... Chica que no hizo demasiado caso a las costumbres más o menos desconsolidadas del país...


Hemos visto más melenas marroquíes que hace 25 años, parece que las tendencias cambian. Aún así sigue siendo un negocio la venta de pañuelos para mujeres. También hemos visto burkas y recontraburkas, por llamar de alguna manera a esos modelos en los que no se les ven ni los ojos. Igual que no me acabo de explicar cómo rulan por el desierto sin perderse, no entiendo cómo estas señoras no se matan debido al constante gallinita ciega que practican. Chicas, elegid modelo y a la próxima lo traigo.


Y estos depósitos de colorines forman parte del negocio del curtido de la piel. Ahí los meten y les dan el color deseado. Según nos explicó un señor llevan haciéndolo así desde que el sol es sol, ni normas UNE, ni ISO, ni AENOR ni la leche en vinagre. Otro espectáculo de color y olor que no hay que perderse en Fez. Y seguimos hacia el sur, en busca del calor, del tórrido sol del desierto...



En M'Hamid tuvimos algunas experiencias que perdurarán en el tiempo. Es, quizás, el último pueblo al sur antes de entrar en el Sáhara. Esta localidad tiene una calle principal y todo lo que se salga de ahí es lo natural para ellos. No vamos a entrar en detalles, nos quedamos con las sonrisas de estos niños a quienes regalamos una pelota de fútbol. Y sonríen a pesar de no tener un campo reglamentario, ni unas calles reglamentarias, ni un calzado reglamentario, ni tantas cosas reglamentarias. Sí, al menos unas sonrisas reglamentarias.
En el trayecto hasta allí nos fascinó el desierto de piedras y rocas, de montañas peladas, pero andábamos buscando aquello que entendemos por DESIERTO, el de arena... La duna de Chigaga, la que abre las puertas de la nada...


Allá donde fueres... Turbantes para todos y a buscar la gran duna. Un flamante Toyota pilotado por Mohamed nos guía entre dunas y piedras desierto adentro. Lo que decía, que no me explico cómo van y vienen sin extraviarse. Claro, todos los días lo mismo, pues fácil para ellos. Yo, flipao. Un calor seco, muy soportable. Una luz brutal, fascinante. Un paisaje largo, largo, eterno, sin fin, impresionante... Parece todo igual pero no...



Casi de repente un espejismo se hace realidad, se ven unas pintas verdes, palmeras, un muro de barro que encierra un mundo frondoso, casi imposible en aquel salvaje árido. El agua circula a determinada profundidad y de vez en cuando mana o la hacen manar y de ahí crean un lugar acogedor, agradable, con sombra, habitable. Un oasis. Pero aún no hemos llegado a Chigaga, al fin del mundo (al menos para nosotros en este viaje)...


Es lo que queríamos ver, ese mar de arena que tenemos en la cpu como 'desierto'. Quizás porque los desiertos de piedras ofrecen algo más, eso, piedras, algo que agarrar y lanzar, algo que amontonar y dar alguna forma... No, el desierto de arena te penetra por todas partes, es intangible, cambia con el viento, se come tus pisadas y hasta tus casas...


...Pero me da la sensación de que el ser humano, o algunos seres humanos, saben dónde están sus límites y no van más allá de donde no les invitan. Personalmente me da la sensación de que el desierto es duro, peligroso, y que, como la montaña, te va a escupir cuando tenga que hacerlo. Me fascinó y volveré para conocerlo un poquito mejor.
Y de regreso hicimos escala en Marrakech... En su alboroto, su misterio -más abierto que el de Fez- y su siempre sorprendente Jemaa el Fna, donde se nos echó la noche encima...


A esa hora ya no quedaban encantadores de serpientes, se van a la cama pronto como los niños, supongo. Pero los vimos, Marcelo no daba crédito, aquellas cobras negras le parecieron de plástico y poco le faltó para tocarlas y comprobar que eran de carne y hueso y que se movían con las molestas charamitas moras.
Pero había cientos de puestos de comida, de zumo de naranja, de charlatanes que contaban sus historias -verdades o mentiras- incomprensibles para nosotros pero embaucadoras para quienes las entendían. Y este tipo y su amigo que tocaba la guitarra mientas en su cabeza se amontonaban palomas y galinas a lo castellet catalán... Seguro que su historia era estremecedora de increíble, como la de BrusLi y mi abuela Margarita.
Y más cosas, lugares, costumbres, personas, pueblos, amaneceres y puestas de sol vimos, unas cuantas más. Que me las quedo en mi corazón para no aburriros y para contarlas al son de esa guitarra que no sé tocar y no tengo... ¿Verdad o mentira?




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